Movimientos alternativos desinformantes: vacunas son la causa del autismo

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Nadie puede poner en duda el gran aporte que el internet y las comunicaciones en tiempo real tienen para el desarrollo del conocimiento. Lo que antes ameritaba semanas enteras de búsquedas en los archiveros más recónditos de una biblioteca, ahora toma sólo un par de clicks en un buscador. Sin embargo, la posibilidad que da la red de ser consumidor y generador de contenidos tiene un costo: la rápida y descontrolada difusión de contenidos cuyo origen radica en niveles de desinformación y tergiversación que rayan en un delirio patológico.

Cuando estas ideas llegan a tierras estériles, no pasan de ser obscuros recovecos de creencias privadas. Pero en ocasiones, como en todo fenómeno de locura colectiva, cuando se suman suficientes seguidores se crea una suerte de realidad fantástica cuyos partidarios tratan de establecer como una verdad fáctica a través de la evangelización de su sistema de realidad. En lo que respecta a la salud mental, nos hemos topado con auténticos movimientos sectarios que han acaparado ya un número considerable de discípulos, promoviendo ideas pseudocientíficas y a veces conjeturas surrealistas como las verdaderas explicaciones para la causa de enfermedades mentales, así como la verdadera y auténtica forma de curarlas. Uno de ellos es el movimiento anti-vacunas.

Qué promueve:

Todos conocemos la historia del artículo de Wakefield et al. que se publicó en The Lancet en la década de los 90 donde se establecía una correlación entre el incremento de casos de autismo y el incremento en la tasa de vacunación en los niños. Una serie de conjeturas se desataron a raíz dela artículo, como el hecho de que en los países industrializados el nivel de autismo era mucho mayor que en países en vías de desarrollo, y que en los primeros la cobertura de vacunación preventiva era del 95% mientras que en los segundos las campañas de vacunación cubrían apenas al 35% de la población infantil.

Este artículo, de cuyos autores se retractaron hasta el 2010, fue suficiente detonante para que los padres de niños autistas encontraran al culpable de la enfermedad de sus hijos. Poco a poco, sociedades de padres de hijos autistas se organizaron, y utilizaron este artículo como único argumento para promover una inmensa campaña que acusa a las campañas de vacunación como la causante del autismo.

¿Por qué es desinformante?

No es lo mismo correlación que causalidad. El hecho de que exista una relación directa entre el número de hot dogs y el número de árboles de navidad  que se venden en una ciudad no significa que el primero es causa del segundo, simplemente que presentan el mismo comportamiento. Así, el famoso artículo que relacionaba la vacunación triple vírica con el autismo fue fuertemente desestimado por la comunidad científica al revelarse manipulación de datos y una agenda secreta de Wakefield quien había publicado el artículo como estrategia para liderar un grupo de demandas de padres de familia contra la industria de la vacunación.

Por su parte, la investigación de un grupo de padres de familia que comparaban la alta incidencia de autismo en países con campañas masivas de vacunación  nunca tomó en cuenta los factores que sí determinaban la mayor presencia de niños autistas en países industrializados: menor tasa de mortandad neonatal, menor propagación de enfermedades infectocontagiosas, mayor edad promedio de la madre y mayor prontitud para diagnosticar el autismo. Una vez que se consideran estos factores, la proporción de niños autistas en niños vacunados es equiparable a la que hay en niños no vacunados.

Pese a que existen decenas de artículos científicos que han intentado reparar el daño provocado por Wakefield, el movimiento anti-vacunas ha desestimado estos intentos acusándolos de ser financiados por la mafia farmacéutica que perdería millones de dólares si se dejaran de vacunar a los niños. Un argumento razonable si nos olvidamos de que antes de que existieran las campañas de vacunación, el índice de mortandad infantil por enfermedades infectocontagiosas en los primeros 6 años de vida era cerca del 20%.

 

BIBLIOGRAFÍA

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